Por décadas, Estados Unidos ha asumido el rol de juez y parte en la política global. Desde su pedestal de “autoridad moral”, Washington se ha dedicado a señalar, sancionar y pretender dar lecciones de democracia a naciones soberanas. Sin embargo, esta fachada de tutor global hoy se estrella contra una realidad interna innegable: su propia casa está en llamas.
La paradoja del caos doméstico
Es un absurdo geopolítico que, mientras el gobierno estadounidense busca “corregir” rumbos ajenos, su propio territorio se encuentre sumido en una polarización extrema. Entre abusos de poder y una tensión social que muchos analistas ya califican como el preámbulo de una guerra civil, el país que pretende ser el faro del orden mundial no logra encontrar la paz en sus propias calles. Las imágenes de protestas y descontento social que hoy inundan los medios son el síntoma de una crisis sistémica que no admite distracciones exteriores.
La razón de la no intervención
En este escenario, la premisa de Andrés Manuel López Obrador resuena con una fuerza profética: “La mejor política exterior es la política interior”. No se trata de un simple eslogan, sino de una verdad fundamental de soberanía y congruencia.
- Prioridad nacional: No se puede ser luz en la calle cuando se es oscuridad en la casa.
- Respeto mutuo: La autoridad moral para opinar sobre el vecino nace del orden y la justicia logrados en el propio hogar.
- Soberanía: La recomendación de AMLO de no meterse en asuntos de otros países es, hoy más que nunca, un llamado a la cordura internacional.
Conclusión: Ordenar la casa propia
El mensaje es claro y contundente: ¡Que primero pongan en orden su casa!. Mientras Estados Unidos no resuelva sus profundas grietas internas y detenga los abusos que lo fracturan, sus juicios hacia el exterior carecerán de peso. La historia le está dando la razón a la doctrina de la no intervención: solo el que tiene su casa en orden tiene derecho a hablar de paz.
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