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“O peleamos juntos, o nos matarán por separado”

La frase de Ernesto “Che” Guevara, “o luchamos juntos, o nos matarán por separado”, ha resonado a lo largo de décadas como un llamado urgente a la solidaridad ante la opresión. Hoy, ante la nueva doctrina internacional de la administración Trump, que ha reemplazado el diálogo por la coerción y el derecho internacional por la ley del más fuerte, esta advertencia adquiere una vigencia escalofriante. El mundo se enfrenta a una era en que el unilateralismo militar, el desprecio por la soberanía y la acumulación de poder autoritario amenazan la estabilidad global. Este artículo recorre los abusos recientes que sacuden a la humanidad y reflexiona sobre por qué la unidad de las naciones, especialmente en América Latina, es la única respuesta posible para detener los pies a una potencia que ha elegido el camino de la fuerza.

Violación flagrante de la soberanía y el derecho internacional

La acción más contundente y simbólica de esta nueva política fue la operación militar ejecutada en Venezuela. En la madrugada del 3 de enero de 2026, fuerzas estadounidenses bombardearon objetivos en Caracas y secuestraron al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, para trasladarlos a Nueva York y procesarlos ante un tribunal federal.

Este acto constituye una violación múltiple y flagrante del orden jurídico mundial. Expertos legales e instituciones han señalado que la operación viola la Carta de las Naciones Unidas, que prohíbe el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado. Estados Unidos no contaba con autorización del Consejo de Seguridad, y su justificación de “legítima defensa” ante acusaciones de narcotráfico ha sido calificada por juristas como un pretexto sin base en el derecho internacional, ya que el tráfico de drogas no constituye un “ataque armado” según el marco legal aceptado. También violó la cláusula de la Constitución de los Estados Unidos que otorga en exclusiva al Congreso el poder de declarar la guerra, así como la Ley de Poderes de Guerra de 1973. Finalmente, quebrantó el principio de no intervención y la inmunidad de los jefes de Estado, pilares del derecho internacional consuetudinario que protegen a los líderes en ejercicio de jurisdicciones extranjeras.

La expansión de las amenazas: Un patrón de agresión

Lejos de ser un incidente aislado, la acción en Venezuela fue acompañada de una retórica abiertamente amenazante hacia otros países, revelando una doctrina expansionista. Inmediatamente después del ataque, el presidente Trump y miembros de su administración lanzaron advertencias a múltiples naciones, declarando que “el dominio estadounidense en el hemisferio occidental no volverá a ser cuestionado”.

Colombia fue calificada por Trump como un país dirigido por “un hombre enfermo al que le gusta hacer cocaína”, insinuando abiertamente que una futura “operación” en el país “suena bien”. Contra México, acusó al país de permitir que las drogas “fluyan” y sugirió que podría ofrecer ayuda militar para erradicar a los cárteles, una propuesta que la presidenta Claudia Sheinbaum rechazó tajantemente, afirmando: “cooperación sí, subordinación e intervención no”. Sobre Cuba, aunque afirmó que no se necesitaba acción militar porque la isla estaba “lista para caer”, el secretario de Estado Marco Rubio señaló que el gobierno cubano era “un gran problema” y envió un mensaje intimidatorio a sus autoridades. Incluso reiteró su deseo de anexar el territorio autónomo danés de Groenlandia, argumentando necesidades de “seguridad nacional”, una retórica que el primer ministro groenlandés calificó de “totalmente inaceptable”. Este patrón confirma lo que analistas han denominado el “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe, una estrategia declarada para restaurar la “preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental” y negar a cualquier competidor externo una posición en la región, actuando por la fuerza si es necesario.

El rostro interno del autoritarismo: Socavando la democracia en casa

La política exterior de la administración Trump es el reflejo de una tendencia autoritaria que también se manifiesta en el frente interno, donde se ha lanzado un esfuerzo concertado para socavar las instituciones democráticas.

Ha atacado el sistema electoral mediante una orden ejecutiva que intenta modificar unilateralmente las reglas electorales federales, imponiendo requisitos de ciudadanía que podrían impedir votar a millones de estadounidenses, e interfiriendo en la administración y certificación de los sistemas de votación. Expertos señalan que estas acciones, que buscan dificultar el voto y sentar las bases para cuestionar futuras derrotas, carecen de fundamento legal y usurpan poderes que corresponden al Congreso y los estados. También ha militarizado la respuesta interna, desplegando a la Guardia Nacional y a infantes de marina en ciudades como Los Ángeles, en contra de la voluntad del gobernador estatal, para reprimir protestas. Además, ha invocado leyes arcaicas para deportar a personas sin debido proceso, desobedeciendo abiertamente órdenes judiciales en varios casos, lo que un juez federal describió como una conducta que hace “una solemne burla de la constitución misma”. Estas acciones forman parte de un manual autoritario que busca consolidar el poder ejecutivo, deshumanizar a grupos seleccionados y probar los límites de los controles institucionales, pavimentando el camino para un gobierno que responde solo a sí mismo.

Reflexión final: La fuerza de la unión frente a la razón de la fuerza

Frente a este panorama, la disyuntiva histórica entre la “fuerza de la razón” y la “razón de la fuerza” se plantea con crudeza. La administración Trump ha elegido abiertamente el segundo camino: un mundo donde el poder militar y la coerción dictan el derecho, donde las soberanías nacionales son violables si contradicen intereses económicos o estratégicos, y donde la diplomacia es reemplazada por la amenaza.

En este contexto, el mensaje del Che Guevara deja de ser una consigna del pasado para convertirse en un manual de supervivencia geopolítica del presente. La historia demuestra que los regímenes que actúan con este desprecio por las normas siempre prueban primero con los más aislados y débiles. Las amenazas contra Venezuela, Colombia, Cuba o México no son incidentes aislados; son los primeros ensayos de una doctrina que, de no encontrar un dique firme y unido, se expandirá.

América Latina, con su memoria histórica de luchas compartidas contra la intervención extranjera, tiene la obligación imperiosa de liderar esta respuesta. La unidad no es una mera aspiración retórica, sino la estrategia más pragmática y urgente. Esto implica fortalecer y reactivar urgentemente todos los mecanismos de integración y defensa colectiva regional, priorizando la soberanía común por encima de las diferencias ideológicas circunstanciales. Actuar con una sola voz en todos los foros internacionales, como la ONU y la OEA, para denunciar y aislar políticamente toda violación del derecho internacional, exigiendo responsabilidades. Y tejer alianzas más amplias con otras regiones del mundo que también se vean amenazadas por este unilateralismo agresivo, creando un contrapeso diplomático y moral global.

Queda claro que una administración que glorifica la “ley del más fuerte” no retrocederá por convicción moral o apego a las normas. Solo retrocederá ante una fuerza superior: la fuerza inquebrantable de las naciones soberanas unidas en su determinación de no ser intimidadas, divididas y sometidas una por una.

Hoy, la advertencia del Che es un recordatorio luminoso y urgente: frente al poder del unilateralismo y la fuerza bruta, nuestra mayor fortaleza reside en la unión inquebrantable de quienes creemos en la convivencia, la soberanía y la dignidad de los pueblos. La elección es esa, y no admite demora: o luchamos juntos, o nos matarán por separado.

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